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Siria se sumerge en un baño de sangre

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Siria se sumerge en un baño de sangre

  Crónica de la semana

 

 


 

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Treinta años separan dos masacres ordenadas por el mismo apellido. En febrero de 1982 fue el presidente Hafez Al Assad el que ordenó el bombardeo sobre la ciudad de Hama. En ella los Hermanos Musulmanes habían organizado una rebelión contra el dictador sirio, que no dudó en reducir a escombros todo su perímetro. Nunca se supo el número exacto de víctimas, que diversas organizaciones humanitarias cifraron en torno a los 20.000.

En este mismo febrero de 2012, 30 años después, el presidente Bashar Al Assad, hijo de aquel dictador, también ordenó el bombardeo de Homs, ciudad que había caído en manos de los rebeldes.

Diversas fuentes cifran en más de 300 los muertos, que se sumarían a los 5.400 que Naciones Unidas admite ya como primer balance desde que comenzaran los disturbios contra el régimen.

Como ocurriera con la Libia de Gadafi, la familia Al Assad se juega en Siria no solo su poder sino incluso su propia supervivencia. El gran ejecutor de la represión a sangre y fuego es precisamente Maher Al Assad, el hermano menor del presidente, y jefe de las unidades de élite de la Guardia Republicana, considerada la más preparada y leal en un ejército que contempla un aumento constante de desertores.

El incremento tanto de los bombardeos como de las acciones de represalia de las fuerzas rebeldes, han instalado al país en una guerra civil de hecho, cada vez más abierta y sangrienta.

Damasco volvió a contar una vez más en Naciones Unidas con el veto de Rusia y China, que rechazaron todos los borradores e impidieron por tanto la condena del régimen de Bashar Al Assad.

Previamente, Barack Obama, el presidente norteamericano, había condenado los brutales asesinatos y urgido la renuncia de Assad. Con un lenguaje contundente, Obama declaraba que “treinta años después de que su padre masacrara a decenas de miles de hombres, mujeres y niños inocentes en Hama, Basher Al Assad ha demostrado un desdén similar por la vida humana y la dignidad”.

Tanto en las capitales árabes como en Washington, Londres, París y Madrid, las embajadas de Siria han sido literalmente sitiadas por los manifestantes.

En algunos casos, como El Cairo, Trípoli y Kuwait, las legaciones fueron asaltadas e incendiadas. Túnez llegó incluso a pedir la expulsión de todos los embajadores de Siria en el mundo.

Pero, ¿por qué Rusia y China no se suman a la condena casi general de la comunidad internacional contra el régimen sirio?

En el caso de Pekín, además de sus intereses económicos, el gobierno chino considera que la caída de Al Assad desestabilizaría toda la zona y obligaría a Irán a una ofensiva de todo tipo y con desenlace bastante incierto.

En cuanto a Rusia, el actual primer ministro y casi seguro ganador de las próximas elecciones presidenciales, Vladímir Putin, teme que la desaparición de Al Assad extienda los disturbios a toda la región del Cáucaso.

Además, Rusia mantiene en el puerto sirio de Tartus su única base exclusiva en el Mediterráneo, vestigio de antiguos acuerdos entre Siria y la extinta Unión Soviética.

A esa base se desplazó el otoño pasado el portaviones “Kutnetzov”, en una demostración clara del carácter estratégico que Moscú atribuye a su alianza con Siria. Los 10.000 millones de dólares de deuda que Damasco había acumulado se han transformado en un sustancioso contrato de suministro de armamento, por el que Moscú proporcionaría al régimen de Al Assad un portaviones, armamento pesado y 36 aviones de combate Yak 130.

El Kremlin piensa también que en Siria podría pasarle lo mismo que en Libia.

Recuerda que, después de no vetar la resolución de la ONU que permitió la intervención extranjera, y contribuir por lo tanto a la caída de Gadafi, las nuevas autoridades libias de transición declararon su intención de cancelar los contratos que Trípoli había suscrito con Moscú y Pekín. Adujeron como pretexto el “no haber participado activamente en la lucha contra la tiranía”.

Putin y sus asesores piensan que ahora pudiera repetirse la misma situación en Siria, de forma que, aunque cambiaran de bando y apoyaran a los rebeldes, Rusia fuera percibida como cómplice del dictador y sus masacres.

En todo caso, los acontecimientos tienden a precipitarse. La escalada de violencia es tal que difícilmente se detendrá.

Mientras tanto, la oposición siria sigue clamando porque la comunidad internacional actúe de verdad y ponga fin a las matanzas que el régimen de Al Assad perpetra contra su propio pueblo. El Consejo Nacional Sirio, que agrupa a la oposición del exilio acusó amargamente a Rusia de impulsar con su veto que Assad prosiga impunemente el baño de sangre.

Por el contrario, los partidos recientemente legalizados por el régimen de Damasco, estiman que los modelos de Yemen y Libia no sirven para Siria. Propugnan que el sistema evolucione gradualmente hasta logar un cambio radical.

De momento, la cruda realidad es que Siria ya está inmersa en una guerra civil, y en tales casos no suele ser habitual que el régimen se colapse por las buenas.

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