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Merkel no quiere un socialista en el Palacio del Elíseo

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Merkel no quiere un socialista en el Palacio del Elíseo

  Crónica de la semana

 

 


 

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Buena parte de los políticos e intelectuales  europeos esperan que las próximas elecciones presidenciales francesas sirvan de palanca para el renacimiento de una izquierda postrada, sin verdaderas ideas novedosas, y sin alternativas reales que ofrecer a un continente regido mayoritariamente por gobiernos conservadores.

Contrariamente a lo que es habitual en caso de posible reelección, todos los sondeos indican que el actual presidente Nicolás Sarkozy parte en clara desventaja frente al candidato socialista, François Hollande, e incluso ve cómo le pisa los talones Marine Le Pen, líder del ultraderechista Frente Nacional.

La entrada oficial de Hollande en campaña no ha podido ser más fulgurante. Tras la presentación de un programa basado netamente en repartir con justicia los enormes costes de la crisis, el candidato socialista ganaría ampliamente a Sarkozy en la primera vuelta, pero le derrotaría de manera aplastante en la segunda: 60 a 40 por 100 de los votos.

Francia tiene un sistema electoral mayoritario a dos vueltas. Así, si ningún candidato logra la mitad más uno de los sufragios en la primera, se acude a una segunda, en la que solo se enfrentan los dos que mayor número de votos consiguieron en la primera consulta.

Hasta el 4 de marzo la campaña promete una lucha feroz, no exenta de todo tipo de golpes bajos.

No cabe excluir por tanto cualquier escándalo, real, ficticio o agrandado convenientemente, para destruir al adversario.

Sarkozy, que ya fue víctima de graves acusaciones en su anterior campaña, ya ha visto en ésta cómo han querido atacarle a través de su esposa, Carla Bruni, a propósito de una presunta desviación de fondos de la lucha contra el sida hacia amigos de la primera dama de Francia.

Sin embargo, y en las actuales circunstancias de crisis, el presidente francés cuenta con la mejor carta: el apoyo incondicional de la canciller alemana, Angela Merkel, que ha prometido secundar a Sarkozy en algunos de sus mítines.

Ambos se esforzarán en esta campaña en demostrar a los electores franceses que la salida del túnel de la brutal crisis que sacude a Europa solo será posible mediante las duras medidas adoptadas por el actual directorio germano-francés, y secundadas de grado o por la fuerza por los demás gobiernos de la Eurozona.

Para contrarrestar tal argumento, François Hollande replica que hace suyos los compromisos de reducción del déficit público, al 3% en 2013, y de disminución de la deuda. “El debate no es si hay que encontrar o no los 29.000 millones de euros necesarios para cumplir ese compromiso, sino quién va a pagarlos”, dice el candidato socialista.

Y, a su juicio, eso solo será posible mediante un fuerte aumento de los impuestos.

Retomando el viejo eslogan, Hollande promete que serán los más ricos quienes habrán de realizar el mayor esfuerzo. Serán, pues, los que ganen más de 150.000 euros anuales y las empresas los más penalizados, pero también se reducirán de manera notable las desgravaciones fiscales a todos los contribuyentes.

En cuanto a los bancos, verán aumentado el gravamen sobre sus beneficios en un 15%. La reforma del sistema bancario separará las actividades de depósito de las especulativas; quedarán prohibidos los productos financieros tóxicos, y ningún banco podrá tener relaciones económicas con paraísos fiscales. Un discurso con el que François Hollande pretende erigirse no solo en el próximo inquilino del Palacio del Elíseo sino en el motor del resurgimiento de la izquierda en Europa.

Él mismo ha cambiado notablemente su imagen. Desde su separación de la anterior ministra y candidata socialista a la Presidencia, Ségolène Royal, madre de sus cuatro hijos, Hollande se ha sometido a una dieta estricta, se ha teñido el pelo, utiliza gafas sin montura y su comportamiento es menos bromista.

Las elecciones presidenciales dilucidarán también acerca del modelo de sociedad de Francia, apegado a un Estado del Bienestar que todos juzgan ya absolutamente insostenible, y en el que se entrevera el lugar que corresponde a la inmensa inmigración instalada en el país, especialmente la de origen norteafricano y musulmán. 

Es a propósito de estos grandes temas que pueden surgir las sorpresas: por ejemplo, la de Marine Le Pen, líder actual e hija del fundador del ultraderechista Frente Nacional.

Pero también puede ser una buena oportunidad para un centrista genuino como François Bayrou, candidato del Movimiento Demócrata.

Una y otro, con intenciones de voto en torno al 17%, podrían amenazar el paso de Sarkozy a la segunda vuelta. En todo caso, serán decisivos, según a qué candidato declaren su apoyo, en el duelo final a dos.

Hay otros tres candidatos, pero con intenciones de voto por ahora muy marginales.

Son Jean-Luc Melenchon, del Frente de Izquierda, Eva Joly, candidata de Los Verdes, y el ex primer ministro Dominique de Villepin, que al frente de República Solidaria tiene viejas cuentas pendientes con Nicolás Sarkozy.

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