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La guerra cotiza al alza

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La guerra cotiza al alza

  Crónica de la semana

 

 


 

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Los grandes fabricantes de armas están de enhorabuena. Cuando la crisis hace mella en casi todos los valores que cotizan en Bolsa, los accionistas de las empresas bélicas ven en cambio cómo se dispara el valor de sus acciones.

En Wall Street recogen pingües beneficios las grandes firmas del sector armamentístico. Lockheed Martin, el mayor fabricante del mundo, vale un 20% más que hace apenas un mes. Su última criatura, el primer cazabombardero indetectable, el F-35 Joint Strike Fighter, así como su famosa bomba de racimo M30, tienen la culpa de su meteórica revalorización.

Más aún, hasta un 24%, han subido las acciones de Raytheon, el sexto fabricante de armas mundial, especializado a su vez en sistemas inteligentes para escudos antimisiles.

Y todavía más boyante es incluso la situación de la General Dynamics, cuyas acciones han subido un 30% desde octubre, gracias a las ventas de su sector aeroespacial de combate.

Un poco más atrás, con un 20% de revalorización, está la Northrop Grumman, una de las compañías tradicionales en aportar sus máquinas para la guerra. Sus innovaciones en los sectores aeroespacial, naval y de radares la colocan en posición de suministrador imprescindible en caso de grandes conflictos armados.

Todas estas subidas bursátiles en Wall Street se unen a las registradas también por empresas homólogas de Gran Bretaña, Francia, Rusia e incluso de España.

Parece por lo tanto una tendencia generalizada, que puede presagiar que se avecinan “buenos tiempos” para el sector bélico. Y, como es obvio, el primer escenario en el que cabe pensar se desarrolle una gran guerra próximamente es Irán.

Estados Unidos y la Unión Europea han dado nuevas vueltas de tuerca a su presión sobre la economía iraní, acentuando el embargo comercial y financiero contra el régimen de los ayatolás.

La situación ha llegado a un nivel objetivamente muy peligroso, derivado de la cada vez más firme convicción de que Teherán está a punto de conseguir su primera bomba atómica, y de la reiterada negativa de Alí Jamenei y del presidente Mahmud Ahmadineyad a detener su proceso de fabricación.

La temperatura en el Golfo Pérsico, y especialmente en el estrecho de Ormuz, ha subido ya muchos grados. Las recientes maniobras de las fuerzas navales de los Guardianes de la Revolución querían demostrar al mundo su capacidad para cerrar ese cuello de botella por el que transita la cuarta parte del petróleo del mundo. 

Era una amenaza tan seria que Estados Unidos despachó de inmediato dos portaviones a la zona, con sus correspondientes flotas de apoyo, al tiempo que hacía saber directamente al Guía de la Revolución, el ayatolá Jamenei, que si se le ocurría llevar a cabo semejante amenaza, habría guerra; que no tuviera la menor duda.

Desde entonces, la diplomacia americana ha desplegado una intensa actividad, especialmente en Asia, para convencer a los grandes consumidores emergentes de energía, o sea China e India especialmente, de que se buscaran mercados alternativos donde colmar sus necesidades de petróleo.

España misma, que recibe de Irán hasta un 14% del petróleo que consume, también está buscando suministradores alternativos.

Y, al mismo tiempo, los grandes productores de la OPEP, en especial Arabia Saudí, ya muestran su disposición a incrementar sus extracciones de crudo para evitar que el petróleo se dispare a niveles que los especialistas sitúan en el entorno de los 200 dólares el barril.

Mientras se aguarda al peor escenario, los juegos de guerra están en su apogeo. Los atentados y asesinatos selectivos de científicos iraníes se suceden con precisión milimétrica.

El régimen islámico de los ayatolás responde a su vez con nuevas oleadas represivas contra cualquier disidente. Encarcelamientos severos y ejecuciones sumarias han difuminado las protestas contra la falta de libertades y contra el pucherazo electoral de 2009. 

Y, sin embargo, la mayoría de los grandes analistas del Pentágono y de Israel estiman que la mejor solución al problema iraní es la que vendría de la rebelión de su propio pueblo. Algo que los clérigos integristas islámicos están dispuestos a evitar a toda costa.

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